“Nunca he perdido un vuelo en mi vida.” Es la única frase que me vino claramente a la cabeza para empezar a contar esta historia.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Polonia.
“Nunca he perdido un vuelo en mi vida.” Es la única frase que me vino claramente a la cabeza para empezar a contar esta historia.
viernes, 3 de diciembre de 2010
"Ca plane pour moi"
Existe esta persona. Respira. Camina. Desayuna de vez en cuando. Fuma diario.
Existen las cicatrices de esta persona, las perforaciones, los tatuajes.
Sus pies descalzos pisan el suelo cada mañana.
No hay duda. Es.
A veces prende su computadora, escucha música y transcurre de actividad en actividad, en unas todo es fácil, en otras patea.
Y esta persona que es, sabe cosas, ciertas cosas. Ha leído libros. Ha viajado.
También ignora cosas, ciertas cosas.
Yo puedo hablar de una.
De aquella otra persona que existe en la misma ciudad, que se despierta mucho más temprano cuando todavía hay noche afuera y se apresura para transcurrir de actividad en actividad.
Y esta persona que despierta todavía de noche estuvo a punto de amar a la otra.
Hubo un deseo arrebatador de amar a la otra, de despertar con la otra, de escuchar el sueño estridente de la otra, de ver sus pies descalzos andar y el humo salir de su boca.
Pero esta persona, que despierta tan temprano, observó, pensó y decidió.
Decidió que no. Amar no.
Como dueño responsable de un animal hermoso y enfermo, puso a dormir el sentimiento. Para ahorrarle una muerte horrible y lenta, con la convicción de que la eutanasia de "eso" era lo mejor.
Y la persona que existe en una ciudad, que despierta por la luz que entra a través de una cortina de papel, y aveces desayuna y diario fuma; coloca sus pies descalzos en el suelo, escucha música, traga y retiene humo; sin sospechar aquella muerte en ningún momento.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Ella confesa.
Sí
soy.
Monstruo que llora hasta la muerte sólo por el olor de la vainilla
murciélago que se extingue de pena
por el café que mancha su blusa blanca
Por el recuerdo de la línea de un hombro contra el cielo.
Por eso olvido
Para poder hacer cola en la fila del banco, cortar la mantequilla, o subirme a un tren.
Si soy
Sí
así soy.
martes, 27 de abril de 2010
Hadas.
Busca sorprendida la fuente de aquella voz. Y la encuentra: una mujer, delgada, deslavada, gris, sin fuerza; va llorando por la calle.
Carga una cobija morada. La mujer gris anda y explica, sin decirlo, el desalojo...el desahucio. Grita el llanto.
El lamento produce un escalofrío en todos los peatones de esa hora.
La miran. Pero a la mujer gris no le importa, está llorando y no le importan los ojos expectantes, incómodos y aterrados de esa hora.
Ella mira a la mujer gris, la busca con los ojos esperando que la desahuciada se le acerque y le pida, le suplique, le diga que necesita dinero, que está perdida, que no ha comido, que tiene dolor crónico…
Ella, ingenua, desea que este llanto sobrenatural sea solo una estrategia para conseguir el pan del día, como mucha gente hace, el marketing de la miseria: “mira mi sufrimiento y a cambio me lo pagas”-como el buen actor de tragedias teatrales que sufre de verdad y hace de eso su vida.
Pero la mujer gris no se detiene. Pasa de largo. No pide nada. Ese dolor es real, ocurre, frente a todos.
Es como ver el cuerpo tirado y sin zapatos de alguien que acaba de ser arrollado: brutal.
Desconcierto, hipnosis; ella cruza la calle y desde el otro lado de la avenida, frente a la mujer gris avanza, muy lento, la ve, la sigue, la acompaña.
“No habrá forma de consolarla”-piensa-“No tengo nada que pueda consolarla”.
La mujer continúa sollozando y parece que está a punto de morir de tristeza, seguramente habría muerto de tristeza allí en mitad de la calle.
Pero ocurre que justo en ese instante cercano a la muerte, la mujer se detiene frente a un escaparate y su atención se fuga.
Un escaparate de vestidos de quince años. Maniquíes escandalosos estallan ante ella: rosa, rojo, blanco, vuelos, brillo, encaje, cuentas de vidrio y bisutería que no sabría cómo llamar.
La mujer gris por un instante se detiene y los mira. No los anhela, tampoco los desprecia.
Ladea la cabeza un segundo y detiene el llanto. Se le escapa un suspiro burlón.
Desde el otro lado de la avenida ella ve a la mujer gris, mira su océano de tristeza mortal calmar, la ve salvar el naufragio irreversible. Ve sus manos despojarse de las piedras invisibles que la obligan a cargar esa cobija morada. Y por un segundo sonreír.
Esa mujer gris ante el escaparate, sin ninguna explicación probable, renuncia súbitamente a la extinción. Se limpia lágrimas y mocos con la manga de suéter y reanuda su marcha hacia ese lugar desconocido para todos, para sí misma.
Ella cruza la avenida para alcanzar a la sobreviviente, pero cuando llega ante aquel escaparate detiene su ingenua persecución.
Mira los vestidos. Algo en ella se precipita, se revuelve. Piensa en unos ojos, en el circo, en dinosaurios, en explosiones de ojos en un circo de dinosaurios.
Suspensión. Equilibrio. Tensión.
Entiende entonces que ella también ha sobrevivido mientras la tarde acaba.

miércoles, 17 de febrero de 2010
Extraña...miento
domingo, 18 de octubre de 2009
La imagen:
Alguien carga una caja que, de forma horizontal, es demasiado ancha para pasar por una puerta angosta.
Esta persona trata de atravesar el umbral, pero la caja choca con el marco de la puerta.
Sin embargo, si la caja fuera colocada verticalmente e inclinada ligeramente podría pasar.
Pero esta persona no coloca la caja verticalmente…intentará hacerla cruzar de forma horizontal ¿Porqué? Porque es la forma “correcta” de la caja. Tal vez si la volteara algo dentro de ella se podría desacomodar o incluso romper. Las cosas deben ser como son…
Esta persona continuará así, ahí, tratando de cruzar, chocando, esperando el día, el año, en que la puerta se adapte a la caja y consiga avanzar…
martes, 4 de agosto de 2009
Compañía
Ella camina con prisa. Se dirige a un lugar donde alguien la espera. Tal vez alguien que la quiere y cuenta el tiempo para verla, alegre; o tal vez sea alguien completamente indiferente a ella, que sólo desea puntualidad.
Camina mientras escucha. Cruza la calle. Llega a la esquina.
Él, un muchacho con lentes y suéter de cuadros, sale de una tienda. Carga una hermosa caja rosa, una caja de pastel en sus manos indecisas.
Se dirige a un lugar donde alguien lo espera. Un lugar y una situación donde será pertinente un pastel, o bizcochos, en una hermosa caja rosa.
Hay prisa en los pasos. Avanza y llega a la esquina.
Una mujer que escucha y un muchacho de lentes, suéter a cuadros y una hermosa caja de pastel en las manos, esperan en la esquina la tregua del tráfico que les permita continuar su trayectoria.
Cuando no hay autos cruzan. No se miran, no se conocen, no les importa; sólo caminan hacia destino.
Pero ocurre que ambos caminantes, sin notarlo, han sincronizado el ritmo de los pasos apresurados. Es un ensamble perfecto en su tiempo y su inconsciencia. Y por unos segundos andan juntos.
Dos desconocidos se acompañan sin saberlo, sin querer, y cualquiera que los viera en ese instante pensaría: se acompañan; se podría decir que son amantes o hermanos, amigos de toda la vida, compañeros. Conocen sus más íntimos secretos, se han visto llorar y saben de sus alergias, cicatrices y fracturas.
En la siguiente esquina él dobla a la izquierda y ella sigue de frente. El ensamble se rompe, sin despedida, sin atención del desprendimiento. Ahora son dos trayectorias en lugar de una.
Ambos llegan bien a su destino, con una inexplicable sensación de fragilidad que les abraza la nuca…